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La orgía de sangre en Santa Cruz: genocidio, ovejas y silencios

De la ocupación militar de la Patagonia y el genocidio de los pueblos Mapuche Tehuelche a la sangrienta represión de las huelgas de 1920-1921, la historia de la Patagonia se consolidó sobre el despojo y la explotación al servicio del capital terrateniente. Un recorrido por la continuidad de un modelo de dominio que hoy demanda memoria y justicia territorial. A 106 años del inicio de las huelgas patagónicas, escribe Rolando Álvarez Antilef, Lonco de la Comunidad Mapuche Tehuelche Nehuen Mulfuñ.

Kiñe. El comienzo del despojo

La historia de Santa Cruz, como la de buena parte de la Patagonia, está escrita sobre un territorio conquistado por la violencia. Antes de que las huelgas rurales de 1920 y 1921 conmovieran al país, hubo otra matanza menos recordada, pero igual de decisiva: el genocidio de los Pueblos Indígenas Mapuche-Tehuelches, consumado a partir de la llamada Campaña del Desierto.

Detrás del discurso civilizatorio del Estado nacional se escondía un proyecto económico. El ejército argentino, bajo las órdenes de Julio Argentino Roca y con el respaldo de los grandes intereses comerciales extranjeros, ocupó la Patagonia con el fin de entregar millones de hectáreas a compañías británicas, terratenientes y militares. A los sobrevivientes se los redujo a servidumbre, o se los utilizó como mano de obra gratuita en los obrajes y estancias que surgieron sobre sus antiguas tierras.

Epu. La oveja como símbolo del saqueo

Una vez consumado el despojo, comenzó el segundo acto de esta historia: la introducción de la oveja desde las Islas Malvinas. La ganadería lanar, impulsada por capitales británicos, transformó radicalmente el paisaje y la economía santacruceña. El ovino se convirtió en el nuevo “tesoro” del sur, mientras la tierra usurpada a sangre y fuego,se consolidaba como propiedad privada bajo la figura de las concesiones estatales.

Las estancias florecieron en pocas décadas, pero el progreso tuvo un precio humano incalculable. Los Pueblos Originarios, considerados “obstáculo” para el desarrollo, fueron perseguidos sistemáticamente. En testimonios recopilados por José María Borrero, periodista y autor de La Patagonia Trágica (1928), se registra que por cada indígena asesinado se pagaba el valor de una oveja, equivalente a una libra esterlina o un patacón.

El método de control era brutal: los cazadores o “comisionados” debían entregar una oreja como prueba del crimen para recibir la recompensa. Aquella práctica, que hoy podría calificarse como política de exterminio remunerado, fue aceptada por los terratenientes y tolerada por las autoridades nacionales. La vida humana quedó reducida a una mercancía, intercambiable por lana o moneda extranjera.

Kla. Del indígena al peón: la continuidad del sometimiento

Cuando la población indígena fue diezmada, los nuevos peones rurales —criollos, chilenos, europeos e incluso descendientes de indígenas sobrevivientes— heredaron las condiciones de servidumbre. Las estancias del sur funcionaban como feudos: largas jornadas, alimentación insuficiente, castigos, salarios retenidos y una estricta jerarquía racial y social.

Así, el peón rural fue el heredero involuntario del indígena esclavizado. La dominación cambió de nombre, pero no de esencia. Lo que antes se llamaba “campaña al desierto” pasó a ser “orden estanciero”; lo que antes fue exterminio, se transformó en explotación. El resultado fue el mismo: una Patagonia próspera para unos pocos y una vida de penurias para la mayoría.

Meli. La rebelión y el silencio

En ese contexto surgieron las Huelgas Patagónicas de 1920-1921, cuando miles de trabajadores, en su mayoría peones rurales, decidieron alzarse contra las condiciones inhumanas. Las demandas eran mínimas: descanso, comida digna, pago justo. Sin embargo, el poder económico y el Estado respondieron con fusilamientos.

El Ejército Argentino, comandado por el teniente coronel Héctor Benigno Varela, llevó a cabo dos campañas represivas que culminaron en la ejecución de más de 1.500 obreros. Las fosas comunes de Jaramillo, Tehuelches, Gobernador Gregores y otras zonas de Santa Cruz guardan hasta hoy los cuerpos de aquellos que, como antes los pueblos originarios, fueron considerados prescindibles.

El periodista José María Borrero, en su investigación posterior, denunció el pacto de silencio entre terratenientes, militares y políticos. Su obra La Patagonia Trágica fue una afrenta al poder de la época. Planeaba publicar una segunda parte titulada “Orgía de Sangre”, donde revelaría los crímenes más atroces y las complicidades institucionales. Ese libro nunca llegó a ver la luz, y sus manuscritos se perdieron. El título, sin embargo, quedó como una metáfora precisa de lo que fue la historia patagónica: una orgía de sangre al servicio del capital.

Kechu. Memoria, justicia y descolonización histórica

La historia oficial suele comenzar con la huelga, pero el relato profundo empieza mucho antes: con el genocidio indígena y la instauración del modelo lanar colonial. La represión de 1921 no fue un hecho aislado, sino la continuidad de un sistema que nació del despojo.

Recordar hoy estos hechos, desde Santa Cruz, no es un ejercicio académico: es un acto político y ético. Porque en las estepas donde aún pastan las ovejas, bajo los nombres ingleses de las estancias, siguen ocultos los rastros del genocidio y la explotación.

Reivindicar a los caídos por la libertad, tanto a los obreros como a los Pueblos Originarios, es romper el silencio impuesto por un siglo de olvido. Y es también recuperar una memoria territorial que no pertenece a los museos ni a las empresas turísticas, sino a los descendientes de quienes resistieron.

PETÜ MONGUELEIÑ.

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