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La Tierra Habla

Texto y foto de Rolando Álvarez Antilef, integrante del pueblo Mapuche-Tehuelche, comprometido con la revitalización de la cultura milenaria y el cuidado del Itrofilmonguen -la vida en todas sus formas-, desde Pico Truncado, Santa Cruz.

Mari Mari, Waiengesh

Cada 5 de junio, el mundo celebra el Día del Medio Ambiente. Se pronuncian discursos, se firman compromisos y se repiten promesas sobre el cuidado del planeta. Sin embargo, mientras se habla de sostenibilidad, continúan avanzando proyectos que destruyen bosques, contaminan ríos, amenazan glaciares y desplazan comunidades que han vivido en equilibrio con sus territorios durante siglos.

Para el Pueblo Mapuche-Tehuelche, la tierra no es un recurso ni una mercancía. Es el Itrofillmongen, origen y sostén de toda vida. El agua, las montañas, los bosques y los animales no existen para ser explotados, sino para mantener una relación de respeto y reciprocidad. Esta forma de comprender el mundo no nació en una conferencia internacional ni en una oficina gubernamental; es una enseñanza ancestral transmitida de generación en generación.

Hoy asistimos a una profunda contradicción. Mientras se multiplican los discursos ambientales, se debilitan las protecciones sobre ecosistemas fundamentales, se favorece el extractivismo y se criminaliza a quienes defienden los territorios. Se habla de progreso, pero se sacrifican fuentes de agua, biodiversidad y formas de vida que han demostrado durante siglos su capacidad para convivir con la naturaleza sin destruirla.

La crisis ambiental no es solamente una crisis ecológica. Es también una crisis ética y política. Surge cuando el valor de una montaña se mide por los minerales que contiene, cuando un río vale más por la energía que produce que por la vida que sostiene, y cuando las comunidades indígenas son tratadas como obstáculos en lugar de ser reconocidas como guardianas de conocimientos fundamentales para el futuro.

No puede haber justicia ambiental sin justicia territorial. No puede haber sostenibilidad mientras se ignora la voz de los pueblos originarios. Y no puede hablarse de protección de la naturaleza mientras se continúan tomando decisiones que favorecen su degradación.

El Küme Mongen, el buen vivir, nos recuerda una verdad sencilla: no heredamos la tierra de nuestros antepasados, sino que la recibimos en préstamo de quienes vendrán después. Defenderla no es un acto ideológico ni una consigna; es una responsabilidad colectiva.

En este Día Mundial del Medio Ambiente, la pregunta no es cuánto hablamos de la naturaleza, sino cuánto estamos dispuestos a escucharla y qué estamos haciendo para evitar la destrucción de la misma.

Petü Mongueleiñ.

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