Tres informes resumiendo el reclamo de la comunidad Cayupán al 9 de julio del 2026
Escribe Martín Gottle, párroco de Las Coloradas y miembro del Equipo Diocesano de Pastoral Aborigen de la Diócesis de Neuquén
I
El alambre que ahoga a la comunidad Cayupán: la dramática lucha por la veranada y la supervivencia
En el árido y crudo paisaje patagónico, la tierra no es solo un recurso; es el sostén de la vida, la cultura y la historia. Hoy, 19 familias de la Lof Mapuche Cayupán, ubicadas en el paraje Las Cortaderas, departamento Catan Lil, están viviendo una verdadera pesadilla. De un día para el otro, los caminos que recorrieron durante más de seis décadas hacia sus zonas de pastoreo de verano (“veranadas”) aparecieron bloqueados por alambrados y candados. Sin acceso al agua y a las pasturas de la cordillera, sus animales se están muriendo y, con ellos, su única fuente de subsistencia.
El encierro en el Lote 90 y Lote 110
El conflicto territorial tiene dos focos principales: el Lote 90 (en la zona de Alonqueo, Chachil) y el Lote 110 (Espinazo del Zorro). Históricamente, las familias mapuches han ocupado estas tierras que el propio Estado Provincial catalogaba como fiscales. Sin embargo, la sorpresa llegó cuando intentaron ingresar como todos los años.
“Estábamos confiados que llegábamos a la veranada, que llegamos a mitad de camino… lo encontramos con alambrados nuevos”, relata con frustración Norma Lincopán, productora de la comunidad. De repente, el Estado reconoció a una particular, Susana Rambeaud, como dueña del Lote 90, permitiéndole cercar un territorio habitado ancestralmente por la comunidad.
Gustavo Silva, Inán Lonco de la comunidad, es tajante sobre estas maniobras: “Esas tierras nunca dejaron de ser fiscales, siempre fueron fiscales y siempre también fueron ocupadas por integrantes de la comunidad de una u otra manera”. Por su parte, la situación del Lote 110 afecta a otras 12 familias que exigen urgentemente el reconocimiento dominial de las tierras que ocupan y producen.
“Nos vendieron con tierras y todo, con la gente adentro”
El impacto humano de este despojo territorial es devastador. Al encontrarse con las tranqueras cerradas, los crianceros tuvieron que pasar el verano a la deriva, buscando refugio en la calle o pidiendo favores en campos vecinos.
Juan Carlos Luna, quien verana en el Lote 90 siguiendo los pasos de sus tíos desde el año 1962, describe la crudeza del momento: “Hemos estado sufriendo con los animales en la calle… hoy en este momento mis animales están flacos, los chivos están flacos”.
Sin los pastos nutritivos de la cordillera, las vacas y chivas no resisten la vuelta a la “invernada”, una zona árida que no soporta la carga animal. Horacio Mena, otro de los productores afectados, ya contabiliza sus dolorosas bajas: “Se me han muerto tres vacunos, por ejemplo, hasta hoy tengo tres vacunos muertos ya perdidos ya. Y las chivas están malpariendo por estar en mala condición corporal”. Mena, visiblemente afectado, resume la injusticia social que sienten: “Hay tanta tierra en tan poca gente y poca tierra en mucha gente… me parece que eso está mal repartida la torta”. Y agrega una frase que duele: “Hoy pasamos a ser un usurpador”.
Por su parte, Norma Lincopán ilustra el sentimiento de traición por parte de las autoridades, quienes entregaron los títulos sin verificar quién vivía en el lugar: “Nos está vendiendo con tierras y todo. O sea, con la gente adentro, los animales adentro”. Y también Carmen Beatriz López se suma al dolor colectivo, confirmando que este año “no hemos podido ingresar con nuestros animales junto a mi madre”, a pesar de tener su histórico puesto sobre el río.
El reclamo urgente al gobierno de Neuquén
El mensaje hacia el gobernador de Neuquén, Rolando Figueroa, es unánime: exigen respuestas inmediatas a las presentaciones administrativas realizadas por la Lof y la regularización de sus territorios para evitar la extinción de su modo de vida.
“El gobierno cuando necesita los votos seguro que lo van a ir a golpear la puerta, van a saber a dónde estábamos, qué camino hay que agarrar”, denuncia Norma Lincopán, exigiendo que el gobernador “venga y solucione los problemas”.
El ex lonco Rubén Chauqueta recuerda que el pueblo mapuche es preexistente al Estado y que su vínculo con la tierra es profundo y sagrado. “Nosotros no llegamos desde otro lado, nosotros siempre estuvimos acá en nuestra tierra”, enfatiza, recordando que en esos mismos lotes en disputa descansan los restos de sus bisabuelos y existen cementerios comunitarios.
Finalmente, Mario Reuque advierte que la negación de la tierra empuja a la comunidad por debajo de la línea de pobreza. “Le estamos exigiendo al estado, al gobierno, que nuestras tierras nos entreguen. Tampoco le estamos pidiendo nada, sino que le estamos pidiendo que nos devuelvan nuestra tierra, nuestra mapu… para defenderla, protegerla y producir, que ella nos va a dar de comer”.
Para la comunidad Cayupán, recuperar la veranada no es un capricho; es el derecho a existir, a alimentar a sus hijos y a mantener viva la identidad de un pueblo que se niega a desaparecer detrás de un alambrado. Hoy esperan, de forma pacífica pero desesperada, que el gobierno provincial por fin los escuche.
II
Crónica de un despojo: la pérdida de la veranada empuja a la comunidad Cayupán a la ruina y la desesperación
Para la comunidad Mapuche Cayupán, la prohibición de acceder a sus históricas “veranadas” en la cordillera no es un simple inconveniente logístico: es una condena directa a la miseria y a la desaparición de su modo de vida. Sin las pasturas frescas y el agua que ofrece la montaña en verano, el equilibrio de su economía colapsa, dejando a las familias sumidas en la incertidumbre y a sus animales enfrentando un destino cruel.
“Hemos estado sufriendo con los animales en la calle”
El primer y más visible perjuicio es el deterioro físico y la muerte de sus majadas, el único capital que poseen. Obligados a quedarse del otro lado de los alambrados o a mendigar un espacio en campos vecinos, los crianceros vieron cómo el esfuerzo de años se esfumaba.
Juan Carlos Luna, un productor que hereda esta tradición desde 1962, relata con impotencia el drama que vivieron este último verano: “Hemos estado sufriendo con los animales en la calle, pérdida de animales grandes… hoy en este momento mis animales están flacos, los chivos están flacos”. Al no poder llevarlos a la cordillera donde históricamente “los animales bajaban gordos”, hoy se ven imposibilitados de realizar mejoras genéticas, vender, o siquiera esquilar, lo que los deja sin ingresos.
La productora Norma Lincopán describe la angustia de vagar sin rumbo tras encontrarse con los caminos bloqueados: “Anduvimos dando vuelta con las vacas, perdimos vacas allá y volvieron en muy malas condiciones los animales, flacos… se nos han muerto, se nos han perdido”.
Abortos, hambre y muerte en una tierra estéril
El perjuicio se agrava dramáticamente cuando llega el invierno. Mario Reuque explica que la llamada “invernada” (la tierra baja donde pasan el resto del año) es “una zona árida, de poca agua, de poco pasto… no es una tierra como para producir”. La veranada es estrictamente necesaria porque es allí donde los animales “engordan y pueden pasar el invierno acá”. Como confirma Ángel Reuque, el pastoreo en la cordillera es vital porque “se puede sobrevivir de eso después”.
Al no haber acumulado reservas físicas en el verano, y sumado a las sequías y fuertes heladas, los rebaños no resisten. Horacio Mena, quien también tuvo que deambular “sobre la calle con los animales para arriba y para abajo”, expone la crudeza de la situación actual: “Se me han muerto tres vacunos, por ejemplo, hasta hoy tengo tres vacunos muertos ya perdidos ya. Y las chivas están malpariendo por estar en mala condición corporal”. Norma Lincopán confirma este desastre productivo, señalando que por los hielos fuertes y la falta de pasto, “los animales hoy han abortado”.
“Tenemos hijos y nietos detrás nuestro que comen de lo que producimos”
Más allá de la pérdida ganadera, el daño humano es profundo y silencioso. Esta restricción empuja a la comunidad directamente a vivir por debajo de la línea de pobreza. Detrás de cada oveja o vaca muerta, hay un plato de comida menos en la mesa de una familia. Horacio Mena lo resume con una frase que hiela la sangre y refleja la desigualdad estructural: “Vivimos de lo que producimos día a día… tenemos hijos, nietos detrás nuestro que comen de lo que producimos”.
Si el acceso a la veranada no se garantiza, el daño no será solo económico, será definitivo para su existencia. Norma Lincopán lanza una advertencia que es, a la vez, un ruego desesperado al gobierno: “Si hoy nosotros no tenemos solución del tema de los campos, no vamos a poder seguir existiendo en el lugar, porque al que vive de los animales se les dificulta todo”. Para la comunidad Cayupán, la “mapu” (tierra) es su derecho a existir, su trabajo y el futuro de las próximas generaciones.
III
Un Llamado Desesperado: La Comunidad Cayupán agoniza frente al silencio del Estado
En el paraje Las Cortaderas, en lo profundo del Departamento Catan Lil, 19 familias productoras de la Lof Mapuche Cayupán están viviendo una tragedia silenciosa que exige nuestra atención inmediata. La tierra que sus abuelos y bisabuelos transitaron durante generaciones les ha sido arrebatada. Hoy, sus animales mueren de hambre del otro lado de candados y alambrados que el Estado permitió colocar, condenando a estas familias a vivir por debajo de la línea de pobreza.
Esta es una carta abierta a la sociedad y un grito de auxilio urgente al gobernador de Neuquén, Rolando Figueroa. No estamos hablando de un simple problema de papeles o expedientes; estamos hablando de vidas humanas, de niños y ancianos cuyo plato de comida depende exclusivamente del campo.
“Nos están vendiendo con gente y animales adentro”
El conflicto estalla porque el gobierno provincial ha reconocido títulos de propiedad a privados sobre tierras fiscales que la comunidad ha habitado ancestralmente, específicamente en los territorios de pastoreo conocidos como Lote 90 y Lote 110. La impotencia de la comunidad es total. La productora Norma Lincopán ilustra este despojo con una crudeza que duele: “Nos está vendiendo con tierras y todo. O sea, con la gente adentro, los animales adentro… el Estado Provincial dice que no había gente. Él vendió el campo… pero no vino a verificar si estábamos”.
Al encontrar sus rutas cerradas hacia la cordillera en verano, los crianceros quedaron literalmente a la deriva. Juan Carlos Luna, un productor que verana en la zona siguiendo la tradición de sus tíos desde 1962, relata el drama de vagar sin rumbo: “Hemos estado sufriendo con los animales en la calle… hoy en este momento mis animales están flacos, los chivos están flacos”.
Para estas familias, perder sus rebaños es perder el sustento familiar. Horacio Mena, con la voz quebrada de quien ve morir su trabajo día a día, hace una radiografía perfecta de la profunda desigualdad que viven: “Hay tanta tierra en tan poca gente y poca tierra en mucha gente… me parece que eso está mal repartida la torta”. Y lanza un desgarrador recordatorio a la sociedad: “Tenemos hijos, nietos detrás nuestro que comen de lo que producimos”.
El ruego por la tierra, la memoria y la vida
La situación es límite y la negación de su territorio es una sentencia a desaparecer. Mario Reuque explica que no buscan privilegios, sino el derecho básico a la supervivencia de su cultura y su familia: “Le estamos pidiendo que nos devuelvan nuestra tierra, nuestra mapu… para defenderla, protegerla y producir, que ella nos va a dar de comer”.
Por su parte, el ex lonco Rubén Chauqueta apela a la memoria de la sociedad para desmentir el estigma de que son invasores: “Nosotros no llegamos desde otro lado, nosotros siempre estuvimos acá en nuestra tierra”. Una tierra sagrada que alberga incluso los cementerios de sus antepasados. Es por eso que duele tanto la frase que añade Horacio Mena ante el constante destrato: “Hoy pasamos a ser un usurpador”.
Señor Gobernador, sociedad entera: es hora de escuchar
La comunidad Cayupán ha reclamado pacíficamente y ha presentado todas las notas administrativas formales. Sin embargo, el silencio de los funcionarios es ensordecedor. Norma Lincopán lanza un mensaje directo al poder político, recordando las promesas incumplidas: “El gobierno cuando necesita los votos seguro que lo van a ir a golpear la puerta, van a saber a dónde estábamos… le pido al gobernador que venga y solucione los problemas”.
No podemos mirar hacia otro lado. La comunidad exige respuestas rápidas, el fin de los alambres que los ahogan y la regularización urgente de sus tierras. Como resume con sencillez y firmeza Ángel Reuque: “Este reclamo lo estamos haciendo para exigir al gobierno que nos dé una solución para poder llegar a nuestra veranada”.
Hagamos eco de esta injusticia. Que la indiferencia y los intereses privados no se lleven puesta la historia, el alimento y el futuro de la comunidad Cayupán. Sin territorio no hay pueblo; y sin justicia, perdemos nuestra humanidad.
Foto: Gentileza Lof Cayupan
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